Demasiado tiempo encerrada en la misma habitación. Pero no yo, sino mi mente, o mi corazón; ya no me acuerdo. Te despiertas y ves las mismas paredes, y el mismo techo. Y no te levantas, te quedas tumbada, por si acaso te mareas al poner un pie en el suelo. En cambio te gusta, esa sensación de haber llegado a donde siempre habías querido llegar. La habitación de las torturas para ti es el Paraíso. Hasta eres feliz, ¿hasta eres feliz? Te embriaga la idea de al fin tener algo tangible, algo que es real.
Liberación. Golpes. Indiferencia frente a los golpes.
Has sido informada de las consecuencias de quedarte tumbada. No te importa, estás tan feliz, ¿estás tan feliz? Apuesto que ni sabes que hay ventanas. Sí, y puedes mirar a través de ellas, y ¿sabes lo que hay ahí fuera? Yo tampoco.
Confusión. Golpes. Indiferencia frente a los golpes.
Necesitas levantarte como puedas, pero el tiempo ha machacado ya tus músculos. Ya no te acuerdas. No recuerdas cómo lo hiciste en el pasado. Como si de cenizas se tratasen. Como si fueras aire. No puedes moverte.
Angustia. Golpes. Frustración frente a los golpes.
¿Qué hay tras la ventana? Parece todo tan desierto, todo tan solitario. Pero ya no puedes quedarte en esa habitación. Te destruiría. Tus órganos se deteriorarían. Los pequeños agujeros en tu nuca empezarían a ensancharse, y su tamaño sería suficiente para el tránsito de los pequeños bichitos que ansían eso que algunos llaman alma. No. No más. Abre la ventana. No vuelvas a tumbarte... No otra vez.
Impasibilidad. Demencia. Nada fluye ya. Nada viene, nada va. Nada. Si tan solo hubieras abierto aquella ventana. Si tan solo hubieras escuchado las voces desde el exterior. Ya no hay golpes. Ya no estás.
01 enero 2014
09 diciembre 2013
Día 118 fuera de casa.
Sientes que alguien te llama, llaman a la puerta, a la ventana, ¿a dónde? Te asomas, te asomas fuera de ti y te encuentras vacío. Te ves como realmente eres, y te das cuenta de que siempre estuviste ahí, así. Frío, aunque tu temperatura es la normal. Lo suficientemente alto para poder mirar hacia abajo y sentir vértigo. Pero no tanto como para matarte si saltases. Muerte, piensas. Qué dulce y delicada palabra. Como el vaivén de las olas que se acercan al puerto y rompen contra las rocas. Como esos músicos que viste tocando en la calle, buenos, pero no inmejorables; tratando de llegar a la nota que les dé el impulso para seguir tocando. Y luego te miran raro cuando te ríes solo por la calle. Y cuando piensas en esos que ríen de tu risa, te ríes más fuerte. De eso se trata. Encontrar el impulso. Como pensar que no llegas al otro lado del río de una sola zancada. Qué sé yo, que vivo en un presente futuro. Soñando en un futuro presente en el que todo mejorará, en vez de hacer de mi presente, mi futuro deseado. Deja de soñar, dijeron aquellos mismos que se reían de mi risa. Un día te despertarás y te decepcionarás con la realidad. Qué sabrán ellos, que nunca han sufrido el miedo de caer; que nunca han estado al borde de la histeria con un rostro completamente impasible. Qué sabrán ellos, que nunca han reído solos.
24 noviembre 2013
Día 103 fuera de casa.
Tenía unos ojos de esos que si te quedabas mucho rato mirando, el corazón te latía más despacio. Sí, más despacio, porque el mundo se detenía, y solo existían sus ojos, nada más que sus ojos. Podías ver el otoño en ellos. Podías ver las hojas cayendo a cámara lenta. Podías ver cómo las ramas de los árboles se iban quedando más desnudas, cómo el viento las empujaba y cómo se movían, casi simultáneamente, mientras se dejaban mecer. Podías ver el agua de aquel arroyo bajar por la montaña. El musgo en las rocas. Podías ver las luces de la ciudad en aquellos ojos. La vida de las calles de Madrid por la noche. Podías ver la lana abrigando los cuellos en invierno. Y dos manos rozándose por primera vez. Un libro nuevo abriéndose por la primera página. Tu pelo trenzándose. Los dedos de alguien impaciente golpeando una mesa. Una lágrima reprimida. Gritos de inconformismo. Llantos de desesperación. Podías ver tantas cosas... Por eso, aquella noche, cuando se fue a dormir por última vez, el mundo perdió un otoño, y las calles ya no volvieron a brillar.
22 noviembre 2013
Día 101 fuera de casa. Parte II.
¿Y si todo acabase mañana? ¿Y si todo acabase esta noche? Dime, ¿estarías satisfecho con lo que has hecho hoy? Porque puede, puede acabarse mañana. Puede acabarse esta noche. Puede acabarse ahora mismo. Y qué es la vida, os preguntaréis. Y qué es la vida, me pregunto. Ni siquiera podemos afirmar con seguridad que estamos viviendo. Ni siquiera sabes si volverás a despertarte mañana. Necios. Todos necios. Creyéndonos reyes de un mundo que ni siquiera es nuestro. Un mundo que igual ni siquiera existe. Creyéndonos propietarios de nuestras vidas, que no son nuestras, que ni siquiera son vidas. No sé si me explico. Que dejéis de ser y empecéis a ser. Que dejéis de poseer y empecéis a poseer. Que dejéis de vivir y empecéis a vivir. Que cumpláis vuestros sueños hoy, porque igual mañana ya no son sueños, igual mañana ya no soñáis. Malditos necios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)